Científicos del CONICET impulsan una vacuna contra el Chagas: un proyecto de U$S 2.000 millones para una enfermedad “dejada de lado”

Un equipo liderado por el investigador del CONICET Emilio Malchiodi avanza en el desarrollo de una vacuna argentina contra la enfermedad de Chagas, iniciada en 2018 y apoyada por un consorcio de once institutos de Europa y la Facultad de Farmacia y Bioquímica, pero atravesada por el parate de la pandemia y por la falta de financiamiento para una patología que la OMS clasifica entre las enfermedades desatendidas.
En diálogo con Infobae en Vivo, el investigador Emilio Malchiodi -en la imagen principal con su equipo del CONICET-explicó que el proyecto “comienza aproximadamente en el año 2018”. “Ya teníamos diseñada la molécula principal, el antígeno que se usa en la vacuna”, detalló, al describir el punto de partida de la iniciativa. Poco después, en 2019, se constituyó “un consorcio con diez grupos europeos y el equipo de la Facultad de Farmacia y Bioquímica”, que presentó el proyecto al programa Horizon 2020 de la Comunidad Económica Europea.
“Era un proyecto enorme; estamos hablando de once institutos de renombre mundial para desarrollar distintas etapas”, precisó. Pero la irrupción del COVID‑19 alteró completamente el cronograma. “Se cerró porque no se podía ingresar en la universidad. Únicamente se podía ingresar si estabas trabajando en COVID. Todos los demás proyectos quedaron de lado”, relató. Ese parate, que se prolongó por casi un año y medio, postergó producción y ensayos previstos en modelos animales y en humanos.

Pese a los retrasos, el investigador remarcó que el desarrollo argentino consiguió producir el antígeno clave para una futura inmunización contra el Chagas, aunque los pasos clínicos siguientes dependen de nuevas rondas de financiamiento internacional y de apoyo político sostenido.
Chagas, pobreza y transmisión silenciosa: mil bebés en riesgo cada año
Malchiodi subrayó el vínculo estructural entre la enfermedad de Chagas y las condiciones de vida. “Es una enfermedad vinculada con la pobreza. Las casas que no tienen revoque y que tienen techo de paja albergan al vector; si está infectado, transmite la enfermedad”, explicó, al describir cómo el hábitat favorece la presencia de vinchucas.
Sobre el ciclo del parásito, fue contundente: el vector “pica una persona o cualquier mamífero infectado, toma el parásito, el parásito se reproduce a lo largo de su intestino y es excretado con las heces”. Además de la transmisión vectorial, advirtió sobre la vía maternofetal y otras rutas de contagio. “Se estima que hay mil bebés que nacen por año en Argentina, hijos de madres chagásicas, con potencialidad de estar infectados, porque se transmite a través de la placenta”, señaló.

La lista de vías de transmisión incluye, además, transfusiones, trasplante de órganos y alimentos contaminados. En este contexto, el Chagas sigue siendo una patología con fuerte carga invisible en la región: el propio Malchiodi recordó que se trata de “una patología que afecta a siete millones de personas infectadas en el mundo”, muchas de ellas sin diagnóstico ni seguimiento adecuado.
Tratamientos de hace 60 años y alta toxicidad: por qué hace falta una vacuna
En la entrevista, el investigador también hizo foco en las limitaciones terapéuticas actuales. Para el tratamiento se utilizan nifurtimox y benznidazol. “Son drogas que se desarrollaron hace sesenta años y no ha surgido nunca, a pesar de muchos esfuerzos, nada mejor que eso”, detalló.
El problema no es solo la antigüedad de las moléculas sino su perfil de seguridad y la duración de los esquemas. Tienen el inconveniente de que “son bastante tóxicas, requieren tratamientos largos y entonces hay mucho abandono de la medicación”, advirtió Malchiodi. Este escenario refuerza la necesidad de herramientas preventivas y terapéuticas nuevas que permitan cortar la transmisión y mejorar la adherencia, especialmente en poblaciones vulnerables.
Una enfermedad “no atractiva” y un desarrollo que demanda U$S 2.000 millones
Más allá de los desafíos científicos, el investigador puso sobre la mesa el principal cuello de botella: la economía política de la innovación. “No es una vacuna atractiva porque está definida por la Organización Mundial de la Salud como una enfermedad dejada de lado. Son las que no se les presta atención; en general, están vinculadas con infecciones parasitarias”, explicó.
Según Malchiodi, el desarrollo completo de una vacuna de este tipo demanda “dos mil millones de dólares”. “Para una empresa farmacéutica, desarrollar algo en ese sentido le va a redituar una vez que lo saquen. Pero esta es una enfermedad vinculada con la pobreza. O los pagan los gobiernos, la gente no va a pagar ni tratamientos”, planteó, aludiendo a la ausencia de un mercado capaz de sostener el retorno esperado por la industria.

La pandemia, además, golpeó el financiamiento original del consorcio. “El año y medio que perdimos de pandemia, la Comunidad Económica Europea nos dio nueve meses”, contó. Hubo ensayos que quedaron desfasados en el tiempo: “Hubo atrasos provocados por, por ejemplo, los ensayos en perros, que se habían comprado antes de la pandemia. Cuando los fueron a estudiar ya tenían dos años en lugar de seis meses. Los primates no humanos, que se iban a usar en Francia, desaparecieron durante la pandemia. Todo eso fue provocando retrasos que iban mucho más allá del año y medio”.
Ciencia pública, apoyo social y el futuro de la vacuna argentina contra el Chagas
Frente a este panorama, Malchiodi insistió en la importancia de la comunicación y del apoyo de la sociedad. “Es muy importante también darlo a publicidad. Si la gente nos tiene la sensación de que los científicos estamos haciendo cosas estratosféricas, sino que hacemos muchísimas cosas para el bien de la gente”, afirmó.
En un contexto donde la enfermedad de Chagas sigue concentrada en comunidades pobres y rurales, el avance de una vacuna desarrollada desde el sistema científico público argentino expone, al mismo tiempo, la brecha entre la carga real de las enfermedades desatendidas y el interés de la gran industria farmacéutica, y refuerza la discusión sobre qué modelos de financiamiento global harán viable, o no, que estas inmunizaciones lleguen algún día al mercado y a los pacientes que más las necesitan.