“No somos superhumanos”: la médica que contó cómo el silencio sobre el suicidio está costando vidas en la salud

En un relato en primera persona, la emergentóloga Tara Khan, D.O., denuncia el “pequeño secreto sucio” de la profesión —la humanidad negada de los médicos—, y alerta que las tasas de suicidio en colegas superan hasta 2,27 veces las de la población general, en un sistema que recompensa la resistencia pero ignora el burnout.
La escena podría haber sido una más en la rutina de cualquier médico de guardia: una visita rápida a la farmacia antes de empezar el turno, una botella de Tylenol en la mano, un cálculo mental sobre dosis. Pero para Tara Khan, médica de emergencias, ese gesto era otra cosa: llevaba un mes planificando su muerte.
“La única forma de soltar el miedo y el agotamiento que me estaban tragando era morirme”, confiesa en su texto. La sirena de una ambulancia marcó el comienzo de otro turno; la botella volvió prolijamente al estante y ella se puso el guardapolvo blanco, lista para que nadie sospechara nada.
Ese patrón, describe, es parte del problema: médicos entrenados para absorber crisis, ruido, interrupciones y culpa sin margen de error, hasta que la maquinaria falla. Khan cuenta doce horas de guardia que se estiran a catorce, un goteo constante de cortisol, perimenopausia exacerbada por el estrés y una mezcla de scrapes y paros cardíacos, mocos y casi ahogamientos, todo en el mismo turno. El cuerpo empezó a temblar, la mente a hundirse y el pensamiento que se instaló fue tan simple como devastador: “tal vez la única forma de bajarme del juego sea soltar por completo”.

Diseño del relato y el “secreto sucio” de la profesión
La columna publicada en New England Journal of Medicine se articula como un testimonio clínico y personal a la vez. La autora describe cómo, durante años, vistió la “garra” —grit— como una medalla: cuanto menos dormía y más pacientes veía, mejor médica y mártir se sentía. El trayecto desde la decisión de estudiar medicina se asemeja, en su metáfora, a subirse a uno de esos juegos giratorios de plaza que nunca se detienen: al principio, la velocidad parece propósito —“estudiar más, trabajar más, sacrificar ahora para ayudar a más después”—, pero el giro no afloja y el impulso solo acelera.
El punto de quiebre llega cuando una psiquiatra de guardia le dice, con tono llano: “La mayoría de nosotros hemos tenido pensamientos suicidas en algún momento de nuestra carrera. Es un riesgo laboral, como un pinchazo de aguja o perderte el acto de tu hijo”.
Con esa frase, resume lo que llama “el secreto sucio de los médicos”: que son humanos. Pero también que creen que admitirlo “puede costarles todo”. Ese “curbside consult” —una conversación informal— le salvó la vida porque, por primera vez en mucho tiempo, dejó de sentirse sola.
Resultados de incidencia: suicidio y burnout en la profesión
Khan vincula su historia con un dato duro: en Estados Unidos, las médicas mueren por suicidio a más de 2,27 veces la tasa de las mujeres en la población general, y los médicos varones a 1,41 veces la de los hombres en general. No son números abstractos, insiste, sino la expresión estadística de sufrimientos concretos de personas que también son hijos, parejas, padres, hermanos y amigos, y de historias como la suya, que jamás imaginó que algún día la incluirían.

La autora desmonta un mito arraigado: que los médicos que “se queman” son menos resilientes, menos dedicados, menos aptos. Cita evidencia que muestra que, según su propia autoevaluación, los médicos son más resilientes que la población trabajadora general —más capaces de adaptarse al cambio y recuperarse de la enfermedad o la adversidad— incluso mientras son desproporcionadamente afectados por el burnout.
“El burnout no lo causa una persona rota, sino un sistema roto que sobrecarga a los médicos con demandas irreales”, escribe, y advierte que el discurso centrado en la “autoayuda” desatiende el punto de fondo: seguir echando agua en una taza que ya rebalsó no es culpa de la taza.
Motivos de la crisis: cultura del sacrificio y sistema “roto”
El texto señala una capa más profunda: la creencia cultural —social y profesional— de que, al elegir servir como médicos, quienes se ponen el guardapolvo renuncian al derecho a su bienestar personal. La sociedad, plantea, a veces extiende la idea de que la salud es un derecho hacia un supuesto de que los médicos “son propiedad pública”, sin derecho pleno a expresar agotamiento o duelo, o a reclamar una compensación suficiente para afrontar las deudas acumuladas durante años de formación.
Dentro de la profesión, apunta al peso simbólico del Juramento Hipocrático, todavía recitado en algunas ceremonias de guardapolvo blanco. Ese código antiguo consagra una ética de autosacrificio extremo, en la que el médico promete poner las necesidades ajenas por encima de las propias. “Pocas otras profesiones imponen un impuesto moral tan alto”, escribe. Ese marco normativo y cultural, sumado al miedo permanente a demandas por mala praxis —incluidas situaciones fuera del control de cualquier clínico—, construye un entorno donde pedir ayuda puede percibirse como traicionar el rol.

Qué significa para la práctica clínica y el negocio de la salud
En su propio recorrido, Khan explica que solo “chocando contra una pared” entendió la diferencia entre garra y resiliencia: “La garra es el pedal que nos impulsa; la resiliencia es el volante que nos permite cambiar de rumbo”. Resiliencia fue lo que la llevó a buscar ayuda —difícil de encontrar— tras ser minimizada por su médico y fantasear con saltar por la ventana del consultorio. Grit fue lo que la mantuvo buscando soporte, ajustando su vida (más ejercicio, abordaje de los desbalances hormonales) y, sobre todo, hablando abiertamente con colegas. Descubrió que muchos estaban sufriendo en silencio. Escuchar sus historias, aunque dolorosas, alivió el temblor involuntario.
El texto no se queda en el plano individual. La autora plantea que la vergüenza, el estigma y las fallas institucionales empujan a muchos médicos al silencio, pero “el silencio no es fuerza” y pedir ayuda “no es una traición a la profesión, sino una forma de recuperarla”. La medicina, sostiene, no tiene por qué ser un martirio, y propone redefinir la idea de “cuidar” hacia una versión que acepte imperfección, honestidad y humanidad.
Consecuencias para la industria y los servicios de salud
Para sistemas de salud, gerencias hospitalarias y quienes diseñan políticas, la reflexión es un llamado a revisar un modelo que se apoya en el sacrificio ilimitado del personal médico como si fuera un recurso inagotable. La autora reconoce que la mayoría de los médicos que conoce están profundamente comprometidos con su trabajo, pero advierte que ese compromiso “no debería esperarse que sea ilimitado” y que “nuestra propia vida es un costo que ninguno debería estar dispuesto —ni obligado— a pagar”.
En un contexto donde el burnout, las guardias extendidas y la judicialización creciente se combinan, el testimonio de Khan funciona como un recordatorio de que cualquier estrategia de calidad y seguridad del paciente que ignore la salud mental de quienes cuidan está, por definición, incompleta.