Ebola y Mundial 2026: riesgo “extremadamente bajo”, pero EE.UU. pone a prueba su sistema de salud

Con 6,5 millones de hinchas circulando entre Estados Unidos, México y Canadá durante 39 días, expertos en enfermedades infecciosas aseguran que el riesgo de que un viajero con ébola llegue a un estadio del Mundial 2026 es “extremadamente bajo”, aunque advierten que el sistema de salud público norteamericano llega exigido y con menos recursos que en crisis anteriores.
Hace una década, el ébola tomó por sorpresa al sistema sanitario de Estados Unidos. En 2014, en pleno brote de África Occidental, el liberiano Thomas Eric Duncan llegó a un hospital de Dallas con síntomas compatibles con ébola, fue enviado de regreso a su casa y solo fue admitido después, cuando el cuadro se agravó.
Dos enfermeras se contagiaron, aunque sobrevivieron, y el episodio dejó al descubierto fallas graves en la capacidad de detección, aislamiento y protección del personal. Eso derivó en U$S 260 millones en fondos para entrenamiento y capacidades de respuesta, y en la creación de 13 centros especializados de tratamiento de ébola en territorio estadounidense.
Con esa experiencia como telón de fondo, el Mundial 2026 se convirtió en un test masivo de preparación frente a amenazas infecciosas de alto impacto, con el ébola como riesgo de baja probabilidad pero alto poder disruptivo para los sistemas de salud y las cadenas de decisión política.

“Más preparados que nunca”, pero con presión sobre salud pública
Las autoridades sanitarias y los hospitales de las ciudades sede estadounidenses llevan meses preparándose para diversos escenarios, desde brotes de sarampión hasta posibles casos de síndromes respiratorios emergentes.
“Estamos ante un evento que moviliza a 6,5 millones de hinchas y 104 partidos en tres países; es imposible garantizar riesgo cero, pero hay un piso de preparación que no existía en 2014”, coinciden los especialistas consultados.
El doctor Gavin Harris, experto en enfermedades transmisibles graves en la Universidad de Emory, en Atlanta —una de las 11 ciudades sede de Estados Unidos—, lo sintetiza de forma contundente: “No vamos a poder prevenir el 100% de las infecciones, pero ciertamente estamos lo más preparados que hemos estado jamás”.
Los planes incluyen protocolos para identificar rápido a pacientes sospechosos, aislarlos y derivarlos a los centros especializados, además de cadenas de comunicación claras con las autoridades locales, estatales y federales de salud.
El riesgo global de ébola para los países anfitriones fue calificado como bajo por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE.UU. (CDC), la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Organización Mundial de la Salud (OMS). Las mismas agencias señalan que los peligros más probables para el Mundial son sarampión, COVID‑19 y gripe, todas enfermedades que se transmiten fácilmente cuando grandes multitudes se reúnen.
“El riesgo es extremadamente bajo, pero bajo no es cero”
Mientras el mundo mira a los estadios, la República Democrática del Congo (RDC) enfrenta un brote de ébola que ya infectó a más de 675 personas y causó más de 135 muertes, lo que mantiene a las autoridades en alerta.
Para el médico Tom Frieden, exdirector de los CDC y hoy director ejecutivo de Resolve to Save Lives, el punto clave es distinguir entre probabilidad y gravedad.

“El riesgo de ébola para cualquiera en el Mundial es extremadamente bajo. El ébola no es aéreo y no se propaga por contacto casual: requiere contacto directo con fluidos corporales de alguien que está enfermo”, explicó.
“Pero bajo no es cero, y no será cero hasta que el brote se detenga en su fuente en la RDC”, agregó, subrayando la necesidad de sostener la respuesta internacional en terreno.
Las medidas adoptadas no se limitan a hospitales y aeropuertos. En cada ciudad sede, la FIFA, las autoridades sanitarias locales y los sistemas hospitalarios formaron comités médicos que realizan evaluaciones de riesgo de ébola y otras enfermedades, tomando en cuenta qué selecciones juegan en cada ciudad, cuáles son los patógenos prevalentes en sus países de origen, las restricciones de visado y la logística de los estadios.
Algunas sedes discuten, incluso, la provisión de tratamientos específicos o equipamiento de protección personal en los recintos, y apoyan la vigilancia mediante herramientas como monitoreo de aguas residuales, calidad del aire y análisis de historias clínicas electrónicas para detectar conglomerados inusuales de síntomas.
Más allá del ébola: MERS, dengue y otras amenazas en la mira
La estrategia de preparación no se limita a un solo virus. Los equipos de respuesta han realizado simulacros a escala nacional que recrean escenarios de un eventual brote de MERS durante el Mundial, para ajustar tiempos de respuesta y coordinación interjurisdiccional.
Además, se elaboró material de referencia para médicos en las ciudades sede sobre patologías poco frecuentes en sus regiones, como enfermedades transmitidas por mosquitos —malaria, dengue, chikungunya—, para evitar errores diagnósticos en turistas procedentes de zonas endémicas.
En el terreno migratorio, Estados Unidos, México y Canadá “han instituido controles en aeropuertos y prohibiciones de viaje que restringen la entrada de no ciudadanos con viajes recientes a países afectados por el brote”, medidas que, según Harris, “probablemente reduzcan las probabilidades de ébola en las sedes del Mundial”.
Para cumplir con estas restricciones, la selección nacional de la RDC debió abandonar el país en mayo y entrenar en Bélgica antes de viajar a Estados Unidos, una adaptación logística que ilustra cómo la bioseguridad se cruzó con la planificación deportiva.
Centros de referencia, recortes y un sistema bajo tensión
Los avances actuales tienen raíces directas en la crisis de 2014. Los esfuerzos de preparación para ébola que empezaron en 2015 surgieron de la colaboración entre la Universidad de Emory, el Centro Médico de la Universidad de Nebraska y NYC Health + Hospitals/Bellevue en Nueva York, tres instituciones que atendieron pacientes con ébola durante el brote de África Occidental.
“Hubo un reconocimiento de que teníamos el deber de entrenar a otros centros para reconocer potenciales pacientes que pudieran haber estado expuestos o enfermos con algo como ébola”, recordó Harris. Desde entonces, miles de trabajadores de la salud han recibido capacitación para identificar y tratar pacientes con ébola y otros patógenos de alta peligrosidad.

La preparación para grandes eventos tampoco es nueva. “Los departamentos de salud estatales y locales que trabajan en conjunto con los CDC llevan muchos años en la primera línea frente a las personas que ingresan al país”, señaló el infectólogo Michael Osterholm, de la Universidad de Minnesota.
Para reforzar la vigilancia y la coordinación, la Universidad de Georgetown montó un Health Security Operations Center independiente en alianza con más de 30 entidades públicas y privadas. Más de 700 autoridades sanitarias estatales y locales reciben sus reportes diarios, así como unos 60 socios federales, la FIFA y los propios CDC, lo que convierte a este centro en una suerte de “torre de control” epidemiológica del Mundial.
Sin embargo, el contexto institucional no es ideal. Recortes de personal en los CDC, la salida de Estados Unidos de la OMS y la sobrecarga sobre los departamentos de salud estatales y locales —que todavía lidian con el mayor brote de sarampión en décadas— han tenido un costo, subrayan Frieden y otros expertos.
“Mi mayor preocupación es si unos CDC que han perdido a miles de empleados tienen la capacidad, el apoyo y el mandato para moverse lo suficientemente rápido, tanto aquí como en la RDC”, advirtió Frieden.
Jeanne Marrazzo, directora ejecutiva de la Infectious Diseases Society of America, apuntó directamente al impacto de los recortes recientes: “Los recortes a la salud pública del secretario de Salud Robert F. Kennedy Jr. han provocado un éxodo de las agencias gubernamentales”, dijo, aunque añadió que “sabemos que las personas que aún están allí trabajan prácticamente sin descanso en muchos casos para tratar de mantenernos a salvo”.
En un Mundial donde el negocio deportivo y los flujos turísticos se apoyan en un delicado equilibrio sanitario, la combinación de riesgo “extremadamente bajo” de ébola, infraestructura especializada, restricciones de viaje y un sistema de salud pública estresado convierte a Estados Unidos en un laboratorio en tiempo real sobre cómo proteger la salud global sin frenar el despliegue de un megaevento que mueve miles de millones en la industria del deporte y de la salud.