Proyecto SeA Care: los océanos están contaminados de genes de resistencia a antibióticos, microplásticos y restos de SARS‑CoV‑2

Un estudio internacional liderado por Italia detectó genes de resistencia a antibióticos en más de 4.000 muestras de agua de mar tomadas en 140 puntos de los océanos Mediterráneo, Atlántico, Pacífico, Ártico e Índico, incluso en zonas remotas, y halló además microplásticos, sustancias PFAS y material genético de SARS‑CoV‑2, confirmando que los mares funcionan como un gran reservorio planetario de contaminación con impacto directo en la salud humana.
Un laboratorio a escala planetaria: lo que revelan 4.000 muestras de agua de mar
Los resultados forman parte del proyecto SeA Care, una iniciativa liderada por el Istituto Superiore di Sanità (ISS) que utiliza rutas navales existentes y redes científicas para recolectar muestras de agua durante misiones rutinarias, reduciendo costos y huella ambiental. En sus primeros tres años, el programa obtuvo “más de 4.000 muestras de agua de mar en más de 140 sitios de los océanos Mediterráneo, Atlántico, Pacífico, Ártico e Índico”.
El análisis confirmó la presencia de genes vinculados a resistencia a antibióticos en múltiples cuencas oceánicas, incluyendo aguas abiertas y regiones alejadas de la costa. Las concentraciones fueron mayores cerca de “rutas marítimas intensas y áreas costeras densamente pobladas”, lo que apunta a descargas urbanas, uso masivo de antibióticos y actividad portuaria como principales fuentes de presión.
Según los investigadores, estos hallazgos indican que “los océanos actúan como un reservorio global de la contaminación que se origina en tierra, transportando huellas genéticas del uso de antibióticos y de descargas urbanas muy lejos de su origen”. Esto, advirtieron, “podría facilitar su propagación entre comunidades remotas” al dispersar genes de resistencia a lo largo de rutas marinas y cadenas tróficas.

Microplásticos, PFAS y rastros de SARS‑CoV‑2 en aguas abiertas
Más allá de los genes de resistencia, el estudio detectó “microplásticos, químicos PFAS ‘para siempre’ y restos de material genético de SARS‑CoV‑2 incluso en aguas de mar abiertas y regiones remotas”. Estos resultados refuerzan la evidencia de que los mares se han convertido en receptores finales de múltiples contaminantes emergentes, desde fragmentos plásticos colonizados por bacterias hasta compuestos persistentes y trazas de patógenos virales.
“Proteger la salud humana hoy inevitablemente significa cuidar de los mares y los océanos”, afirmó el director general del ISS, Andrea Piccioli, durante el foro sobre océano y salud humana realizado en Roma. Piccioli remarcó que “los contaminantes liberados al ambiente se redistribuyen globalmente a través de los sistemas de agua, alimentos y clima”, subrayando la lógica de enfoque “One Health” que vincula salud humana, animal y ambiental en un mismo eje de riesgo.

SeA Care: océanos como sistema de alerta temprana para riesgos sanitarios
SeA Care se presenta como una plataforma que “conecta salud ambiental y humana”, integrando al ISS, la Marina italiana y centros de investigación internacionales para construir un sistema global de monitoreo oceánico. El proyecto aprovecha rutas de buques de la Armada y otros barcos científicos para recoger muestras en misiones ya programadas, lo que permite cubrir grandes extensiones marinas con menor costo y menor impacto adicional.
Los científicos sostienen que la iniciativa “demuestra cómo los océanos pueden servir como sistema de alerta temprana para riesgos de salud globales”, al anticipar tendencias de resistencia antimicrobiana, carga de microplásticos, presencia de sustancias persistentes y rastros de patógenos. Esta información, señalaron, puede respaldar políticas destinadas a enfrentar la contaminación, el cambio climático y las amenazas emergentes para la salud humana.
En un contexto donde la resistencia a los antibióticos y los contaminantes químicos se consolidan como desafíos centrales para los sistemas sanitarios, los datos de SeA Care apuntan a que la gestión de estos problemas no podrá limitarse a hospitales y ciudades: también requerirá reglas más estrictas sobre descargas, plásticos, fármacos y efluentes, porque la “infraestructura” que conecta todos esos puntos —los océanos— ya funciona como una autopista global de genes de resistencia y contaminantes que influirá cada vez más en la agenda de salud pública y regulatoria a escala mundial.
