El cerebro moldea el cuerpo, pero el cuerpo también reescribe al cerebro: la postura importa en la consulta médica

La neurocientífica Nazareth Castellanos repasa nuevas evidencias que muestran cómo la postura, el movimiento y la propiocepción influyen en la memoria, la atención y el estado de ánimo, con datos de estudios en Alemania, China y programas clínicos en Australia que ya integran el cuerpo como herramienta complementaria en salud mental.
El cuerpo habla, y cada vez hay menos dudas de que esa “voz” no solo refleja lo que sentimos, sino que también puede modularlo. En un artículo reciente en El País Semanal, la neurocientífica Nazareth Castellanos retoma una idea clásica de la psicología —el cuerpo como espejo de la emoción— y la actualiza a la luz de la neurociencia contemporánea: la relación es bidireccional.
De la silla de mimbre de un anciano apesadumbrado pintado por Van Gogh a la “Ronda de amor” de Mariano Benlliure, el lenguaje corporal anticipa el tono afectivo mucho antes de que aparezcan las palabras. La clave, explica, está en cómo el cerebro representa el cuerpo y cómo esa representación, a su vez, moldea lo que sentimos, recordamos y pensamos.

Del homúnculo somatosensorial a William James: emoción encarnada
En los años cincuenta, el equipo del neurocirujano Wilder Penfield identificó la corteza somatosensorial, esa franja en forma de diadema que recorre el cerebro y donde se “mapea” el cuerpo con una precisión desigual: las manos y la cara ocupan grandes extensiones neuronales; la espalda, mucho menos. Esa cartografía permite al cerebro saber qué parte del cuerpo se mueve, qué siente y en qué posición está, y a partir de esa información “configura, literalmente, la emoción”.
Castellanos recupera una frase clásica de William James: “No lloramos porque estamos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos”, para subrayar que la emoción es, en gran medida, la conciencia de los cambios corporales ante los acontecimientos. Sin embargo, advierte, las estadísticas muestran que “nuestra consciencia corporal es muy baja” y que tendemos a vivir las emociones “en un plano más mental”, sustituyendo sensaciones por pensamientos y generando una “ceguera corporal” que nos disocia.
Postura, memoria y atención: lo que dicen los estudios
Sobre esa base, la neurociencia reciente sugiere que la representación corporal es simétrica: la emoción impacta en el cuerpo, pero el cuerpo también puede intervenir en la emoción. En 2014, el grupo del doctor Johannes Michalak, en la Universidad de Bochum (Alemania), mostró que la postura influye en la cognición y la memoria emocional: participantes que memorizaban palabras encorvados y mirando hacia abajo retuvieron menos términos y recordaron más palabras negativas que quienes lo hacían erguidos, con hombros abiertos y la mirada al frente.
Otro trabajo, de la Universidad de Chengdu (China), observó que al tumbarnos aumenta la divagación mental y se reduce la atención y el control cognitivo. “No hay nada como rumiar un problema en la cama, con una tenue luz y a horas donde el cuerpo pide sueño”, ilustra Castellanos, para luego señalar que levantarse y ponerse de pie interrumpe muchas de esas turbulencias mentales: otra vez, el cuerpo al rescate de la mente.

De la consulta a los programas estructurados: “tener el cuerpo en mente”
La importancia que las ciencias clínicas dan hoy al cuerpo, apoyadas en la propiocepción, ha llevado a proponer técnicas de corrección postural como complemento —no sustituto— de las intervenciones psicológicas. En Australia se implementó hace años el programa “Tener el cuerpo en mente”, donde se instruye a pacientes de servicios de salud mental en ejercicio físico y consciencia de la postura corporal dentro de un enfoque integral. Los resultados, según resume la neurocientífica, mostraron mejoras en autoestima, satisfacción vital y menor reincidencia clínica.
Castellanos insiste en el matiz: se trata de sumar el cuerpo como aliado, no de reducir la salud mental a una cuestión de “poner la espalda recta” o “salir a caminar”. La evidencia, sin embargo, refuerza la idea de que la postura y el movimiento pueden modular, al menos en parte, cómo procesamos la información emocional y cómo transitamos determinados estados de ánimo.
Migrar de un estado de ánimo a otro: el cuerpo como interfaz
“El cerebro configura constantemente una representación del cuerpo para dar lugar a nuestra respuesta ante eventos emocionales. Eso lo sabíamos hace tiempo. Pero ahora sabemos que esa información es vinculativa en sentido contrario”, escribe Castellanos. Y sintetiza el nuevo consenso emergente: “El cerebro moldea el cuerpo y el cuerpo conforma al cerebro”.
La postura corporal, sostiene, permite “migrar de un estado de ánimo a otro”. Ella prefiere hablar de migración —y no de cambio— porque los traslados emocionales “no son fáciles ni siempre posibles”, y cada emoción merece su espacio. Pero también remarca que en el cuerpo “tenemos un aliado más con el que combatir los avatares del infortunio o un escenario en el que permitir que se exhiban las venturas”, y concluye que “el cuerpo reclama su espacio” y “corresponde permitírselo”.
En un contexto donde la salud mental gana centralidad en sistemas sanitarios y agendas corporativas, estas líneas de investigación abren la puerta a intervenciones clínicas, programas de bienestar laboral y desarrollos tecnológicos que integran postura, respiración y movimiento como variables estratégicas en la prevención y el tratamiento de los trastornos emocionales.