Mielofibrosis en Argentina: 1 de cada 3 pacientes tiene anemia al diagnóstico y hasta el 40% requerirá transfusiones en el primer año

Una enfermedad hematológica crónica poco frecuente, enfrenta en Argentina un desafío adicional: uno de cada tres pacientes ya presenta anemia al momento del diagnóstico y casi todos la desarrollarán con el tiempo, en un contexto donde hasta el 40% necesita transfusiones de sangre durante el primer año, mientras llega al país una nueva terapia que combina inhibición de JAK y del receptor ACVR1 para reducir la anemia y la dependencia transfusional.
En el mundo, la mielofibrosis tiene una incidencia estimada de entre 0,5 y 1,5 casos nuevos por cada 100.000 habitantes por año. Se trata de una patología que afecta la médula ósea, el tejido blando y esponjoso encargado de producir glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas.
Con el avance de la enfermedad, ese tejido es reemplazado de manera progresiva por tejido fibroso, lo que altera la producción normal de células sanguíneas y obliga al organismo a compensar en otros órganos, como el bazo y el hígado, que pueden aumentar de tamaño.
“La mielofibrosis en Argentina presenta un desafío crítico porque uno de cada tres pacientes ya padece anemia al momento del diagnóstico, y casi la totalidad la desarrollará con el avance de la patología”, alerta la hematóloga Georgina Bendek (MN 116322).

Según los datos difundidos por sociedades científicas y la industria, la enfermedad afecta por igual a hombres y mujeres, con una prevalencia que aumenta con la edad y diagnósticos que suelen concentrarse entre los 60 y 65 años, aunque también puede aparecer como consecuencia de otras neoplasias mieloproliferativas.
Una enfermedad rara, síntomas progresivos y fuerte impacto en la calidad de vida
En sus etapas iniciales, la mielofibrosis puede pasar desapercibida. Muchos pacientes cursan una fase asintomática o con signos inespecíficos, lo que retrasa el diagnóstico. A medida que progresa, aparecen síntomas más intensos: dolor abdominal y sensación de “llenura” rápida por el agrandamiento del bazo (saciedad precoz), dificultad para respirar, debilidad generalizada, sudoración nocturna y pérdida de peso no intencional, que tienden a empeorar con el tiempo.
Los estudios citados por Bendek señalan que más del 80% de los pacientes reporta un deterioro significativo de su calidad de vida, incluso en estadios tempranos de la enfermedad. En ese cuadro, la anemia es una de las complicaciones más relevantes: se estima que hasta el 40% de los pacientes requerirá transfusiones de glóbulos rojos al cabo de un año del diagnóstico, una situación que condiciona la vida laboral, social y personal. “La anemia moderada a severa y la dependencia transfusional disminuyen la expectativa de vida, por lo que su tratamiento es fundamental”, subraya Bendek.

Cada transfusión implica visitas frecuentes al hospital, controles estrictos, riesgo de sobrecarga de hierro y de reacciones asociadas, además de un impacto psicológico y organizativo para pacientes y familias. Por eso, los especialistas consideran que reducir la necesidad de transfundir no es solo un objetivo clínico, sino también una forma de devolver autonomía y capacidad de planificar el día a día.
Del control de síntomas al abordaje directo de la anemia
Hasta ahora, el estándar terapéutico en Argentina se basó principalmente en inhibidores de las Janus quinasas (JAK), una familia de enzimas involucradas en la señalización inflamatoria. Estos fármacos —como ruxolitinib y otros JAKi— han demostrado utilidad para controlar la inflamación sistémica, reducir el tamaño del bazo y aliviar síntomas constitucionales como el cansancio, la fiebre baja y la pérdida de peso.
Sin embargo, su impacto sobre la anemia fue limitado o incluso negativo en ciertos casos, obligando a sumar transfusiones y otros soportes. En este contexto, la novedad es la llegada al país de una opción que incorpora un mecanismo adicional: además de inhibir JAK, actúa sobre un receptor llamado ACVR1, clave en la regulación de la hepcidina. La hepcidina es un péptido que, cuando está elevada, dificulta la producción adecuada de glóbulos rojos al reducir la disponibilidad de hierro utilizable por la médula ósea.
“El nuevo tratamiento combina este mecanismo con una acción adicional: inhibe un receptor llamado ACVR1, lo que reduce los niveles de hepcidina, un péptido que dificulta la producción adecuada de glóbulos rojos. De este modo, el organismo puede aprovechar mejor el hierro disponible y favorecer su producción”, explican los informes técnicos difundidos a la prensa médica.
Menos transfusiones, más autonomía: un cambio en el abordaje
En la práctica, esta estrategia dual se traduce en menos anemia, menor necesidad de transfusiones, menos visitas al hospital y una reducción de las complicaciones asociadas al soporte transfusional crónico. Según los datos compartidos, los pacientes pueden experimentar “mayor autonomía, más energía para sus actividades diarias y una mejora concreta en su calidad de vida” cuando logran independizarse de las transfusiones o reducir significativamente su frecuencia.

“Este tipo de tratamientos marca un cambio importante en el abordaje de la enfermedad, porque no solo actúa sobre los síntomas, sino que impacta directamente en la anemia, permitiendo a los pacientes ganar autonomía y mejorar su día a día”, destaca Bendek, en línea con los resultados observados en estudios internacionales con inhibidores de JAK1/JAK2 y ACVR1, como momelotinib, que demostraron reducción de la esplenomegalia, control de síntomas y, especialmente, mejoría de la anemia e independencia transfusional.
Que la mielofibrosis sea una enfermedad poco frecuente no reduce su impacto: por el contrario, hace que el acceso a diagnósticos precisos, equipos especializados y terapias innovadoras sea aún más determinante. En un sistema de salud argentino presionado por costos crecientes, la incorporación de tratamientos que no solo controlan síntomas sino que también disminuyen la dependencia transfusional y mejoran la calidad de vida reconfigura la conversación entre hematólogos, financiadores y laboratorios, y abre una nueva etapa en el mercado de terapias dirigidas para neoplasias mieloproliferativas crónicas.