
Las tres edades clave en las que el cerebro se deteriora más rápido (57, 70 y 78 años)
- curecompass
- 14 enero, 2026
- I+D, Salud
- Barbara J. Sahakian, Brain Boost, Cerebro, Nature Aging, Portada, Sabine Donnai
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Un estudio publicado en Nature Aging identificó tres picos de envejecimiento cerebral acelerado —a los 57, 70 y 78 años— vinculados a cambios en 13 proteínas del cerebro, mientras expertas como Barbara J. Sahakian (Universidad de Cambridge) y Sabine Donnai (clínica Viavi, Londres) subrayan que “el 90% del riesgo y la solución” depende del estilo de vida.
El estudio que marca tres “oleadas” de envejecimiento cerebral
El trabajo de investigadores chinos, publicado en Nature Aging, midió en el cerebro los niveles de 13 proteínas asociadas al envejecimiento acelerado y a enfermedades neurodegenerativas. Los científicos observaron tres picos claros de cambio en estas proteínas —a los 57, 70 y 78 años— que se correlacionan con momentos de transición vital, desde la mediana edad y la menopausia hasta la jubilación y el agotamiento de las “reservas cognitivas”.
La psiquiatra Barbara J. Sahakian, profesora del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Cambridge y coautora del libro Brain Boost, lo sintetiza así: “Estas edades clave del estudio son cuando empezamos a ver cambios sustanciales en el cerebro. A los 57 años, se trata de cómo hemos gestionado los cambios físicos de la mediana edad y la menopausia; a los 70, de cuánto hemos mantenido estimulado el cerebro antes y después de la jubilación; y a los 78, de las ‘reservas cognitivas’ que hemos construido al desafiarnos con cosas difíciles”.
Y lanza un mensaje central de prevención: “Así como gestionamos el colesterol mucho antes de que cause un infarto, del mismo modo, adoptando cambios de estilo de vida al menos 10 años antes de estos picos descritos en el estudio, podemos cambiar nuestro futuro. Ese es el mensaje clave”.
Los 57 años: sobrepeso, hormonas y el primer gran salto del deterioro
A los 57 años, el cerebro ya muestra una reducción de volumen que comenzó alrededor de los 30, pero ahora se vuelve evidente por la pérdida de sustancia blanca, la red de fibras que conecta distintas áreas cerebrales. “En pocas palabras, tu banda ancha se está ralentizando”, explica el artículo al describir esta fase.
La médica Sabine Donnai, especialista en longevidad y fundadora de la clínica Viavi en Londres, advierte que la “expansión de la mediana edad” agrava esa caída: “Está vinculada a una disminución del suministro sanguíneo, por lo tanto a una menor llegada de nutrientes y grasas esenciales que el cerebro necesita, y a una acumulación de productos de desecho que no se eliminan. La grasa corporal también es inflamatoria. La obesidad está ligada al estrés oxidativo, esos átomos de oxígeno inestables que dañan las células, incluidas las neuronas”.
Donnai recomienda vigilar azúcar en sangre, colesterol y el índice cintura‑cadera, marcando que en las mujeres un valor superior a 0,85 es una señal de alerta, mientras que en los hombres debería ser inferior a 0,9. Además, enfatiza el papel del sistema hormonal: “Si nunca has mirado tus hormonas, hazlo. El estrógeno, el cortisol, la insulina y la testosterona son esenciales para la salud cerebral de muchas maneras”. Y llega a afirmar: “Siempre digo: dejas tu terapia hormonal el día que quieres envejecer. Hay estudios a gran escala que respaldan a la terapia hormonal de reemplazo como protectora de la cognición”.
Para Sahakian, el primer paso es tan simple como constante: “Es hora de empezar y mantener el ejercicio, que tiene muchos beneficios, incluyendo la densidad ósea y la prevención de la depresión. Los datos muestran que cualquier ejercicio que eleve un poco la frecuencia cardíaca es mejor que ser sedentario. Así que el mejor plan de ejercicio es aquel que puedes mantener”.
Los 70 años: “use it or lose it” y el efecto jubilación
Hacia los 70 años, el estudio identifica uno de los picos más notorios: se acumula la proteína tau, se produce adelgazamiento cortical y se reduce la conectividad sináptica en áreas relacionadas con el pensamiento y el aprendizaje. También se observa atrofia en lóbulos frontales e hipocampo, claves para las funciones ejecutivas y la memoria.
Sahakian describe este tramo como el “efecto jubilación”: “Alrededor de los 60, la gente se vuelve un poco cómoda, puede evitar cosas desafiantes y difíciles y empieza a vivir de la experiencia”. Y advierte: “Esto es una idea terrible. Hay mucha evidencia científica que respalda el dicho ‘úsalo o piérdelo’”.
Donnai propone “centrarse en actividades que hagan crecer el cerebro; no caer en el hábito de elegir siempre la opción fácil”, y anima a ir más allá de los pasatiempos básicos: “No te conformes con sudokus y crucigramas; realmente desafía a tu cerebro. Baile de salón, un idioma, tenis de mesa”.
La construcción de la reserva cognitiva —esa resiliencia frente a la degeneración— empieza en la infancia, pero no es tarde pasados los 60. Sahakian recuerda un estudio de 2022 en Neurology que mostró que incluso quienes alcanzan una alta reserva cognitiva hacia los 69 años pueden reducir la probabilidad de deterioro de memoria y pensamiento, aun partiendo de bajas capacidades cognitivas en la niñez.
La soledad y el aislamiento social son otro foco crítico: investigaciones indican que pueden aumentar el riesgo de demencia en un 30% y un 60%, respectivamente. “Un estudio mostró que cinco de las 13 proteínas vinculadas al envejecimiento cerebral aumentaron en respuesta a la soledad”, señala Sahakian. Por eso defiende el valor del encuentro presencial: “El consumo excesivo de alcohol es indudablemente un problema, pero la mayoría de la gente disfruta de una o dos copas si le ayuda a relajarse y ser sociable. Un montón de contacto social cara a cara es extremadamente bueno para las personas mayores”.
Los 78 años: reservas al límite y la importancia de seguir aprendiendo
A los 78 años, el volumen cerebral continúa reduciéndose, disminuye el flujo sanguíneo y se acumulan proteínas relacionadas con la inflamación. Es la etapa en que las reservas cognitivas empiezan a agotarse, y las diferencias entre quienes han mantenido el cerebro activo y quienes no se vuelven especialmente visibles.
Sahakian recuerda que “el coeficiente intelectual es genético, pero la educación y aprender cosas nuevas están completamente bajo tu control”, y que los efectos protectores de la reserva cognitiva “están bien reconocidos”. La consigna, incluso para tareas domésticas, es evitar la “súper especialización”: asumir otros roles, aprender a manejar tecnología y no delegar automáticamente toda tarea compleja en los más jóvenes.
Donnai insiste en controlar todo lo que genera inflamación crónica: “Eso significa comer bien, hacer ejercicio, relajarse y evitar los azúcares y demasiado estrés. El estrés está pensado como reacción a una situación aguda —toda la energía se dirige a manejar la emergencia. El estrés crónico reduce la energía disponible para las funciones esenciales de reparación y crecimiento”.
También advierte sobre los tóxicos ambientales: “Evita demasiadas cosas en nuestro entorno que son ajenas a nuestro ADN. Las sustancias artificiales que el cuerpo ve como una amenaza. Hay muchos estudios que muestran efectos insidiosos de la acumulación crónica, de bajo nivel, de toxinas”. Pone como ejemplo desde el packaging de alimentos y desodorantes hasta colchones y vasos de café para llevar, y recomienda acciones simples como usar vasos sin plástico y no beber diariamente líquidos muy calientes a través de tapas plásticas, para minimizar la exposición a microplásticos.
Con todo, Donnai se muestra optimista: “Todo en nuestro cerebro está orientado a luchar por su supervivencia. Si apoyamos nuestro cuerpo con buena alimentación, nos mantenemos físicamente activos y aseguramos un sueño adecuado, no tenemos por qué aceptar el declive biológico que asociamos con el envejecimiento”.
Lo que se juega para la salud pública y la industria de la longevidad cognitiva
Los hallazgos sobre los picos de envejecimiento cerebral a los 57, 70 y 78 años, enlazados con 13 proteínas clave, llegan en un momento en que crece la inversión en tecnologías de prevención del deterioro cognitivo, nutrición basada en evidencia (como la dieta MIND) y programas de evaluación cerebral personalizados, como los que ofrece la clínica Viavi. Para sistemas de salud, aseguradoras y la industria farmacéutica, el mensaje de Sahakian y Donnai es convergente: identificar los puntos de inflexión del cerebro y actuar al menos una década antes abre una ventana estratégica para rediseñar intervenciones, productos y servicios orientados a retrasar la demencia y prolongar la autonomía cognitiva de una población que envejece.


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