
Cáncer infantil en Argentina: 1.400 diagnósticos al año, hasta 90% de curación y un gran desafío
- curecompass
- 15 febrero, 2026
- Campañas, Salud
- Angie Fernández Barbieri, Cáncer, Destacado, Día Internacional del Cáncer Infantil, Hospital Alemán, Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, Hospital Garrahan, Marcela Urbieta, OMS, Pedro Zubizarreta, Portada, ROHA
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En Argentina se detectan entre 1.300 y 1.400 casos nuevos de cáncer infantil por año, con tasas de curación que alcanzan del 70% al 90% en centros especializados. Oncólogos como Marcelo Urbieta y Angie Fernández Barbieri coinciden: “entre el 80% y el 90% de los cánceres infantiles no es prevenible”, por lo que el foco debe estar en diagnóstico precoz, acceso y seguimiento a largo plazo.
Cada 15 de febrero, el Día Internacional del Cáncer Infantil vuelve a poner en agenda una realidad que rompe con los esquemas clásicos de prevención oncológica. En los adultos, la narrativa es clara: dejar de fumar, reducir el alcohol, moverse más, bajar el consumo de ultraprocesados. En la infancia, esa lógica se derrumba. En la Argentina se diagnostican entre 1.300 y 1.400 casos nuevos por año en menores de 15 años, lo que equivale a una incidencia cercana a 135 casos por millón, pero en este grupo etario la inmensa mayoría de los tumores no se explica por conductas modificables. Aquí el riesgo no se negocia con dieta o gimnasio, y el margen de acción del sistema de salud pasa por otro lado: controles pediátricos regulares, equipos especializados y circuitos de derivación que funcionen a tiempo.
Al mismo tiempo, los datos ofrecen una imagen muy diferente a la de muchos cánceres del adulto: las tasas de curación en oncología pediátrica oscilan entre el 70% y el 90%, según el tipo de tumor y el acceso al tratamiento. La OMS estima que entre el 70% y el 80% de los niños y adolescentes con cáncer pueden curarse en países con sistemas de salud sólidos, y en Argentina, según la jefa de Hemato‑Oncología Pediátrica del Hospital Alemán, Dra. Angie Fernández Barbieri, “el cáncer pediátrico es potencialmente curable, entre el 70 y el 80% logra superar su enfermedad”.
Una enfermedad “abrupta”: por qué el cáncer infantil no se previene como en los adultos
En adultos, el discurso preventivo se apoya en factores de riesgo bien estudiados –tabaco, alcohol, sedentarismo, obesidad, exposición crónica a carcinógenos–. En la infancia, esa ecuación no aplica. “Entre el 80% y el 90% de los cánceres infantiles no es prevenible”, resume Marcelo Urbieta, oncólogo del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Explica que en la mayoría de los casos se trata de “mutaciones aleatorias, errores en la copia del ADN que ocurren durante la replicación celular en una etapa de crecimiento intenso”, es decir, procesos biológicos “vinculados a la propia condición de ser niño”.
Urbieta subraya que solo un porcentaje pequeño se asocia a síndromes hereditarios y otro grupo reducido a exposiciones específicas. “No podemos hablar de prevención primaria como en adultos. Lo que sí podemos hacer es detectar precozmente”, remarca. En la misma línea, Mercedes García Lombardi, jefa de Oncología del Gutiérrez, señala que el cáncer pediátrico se vincula “en muy pocos casos a alteraciones genéticas heredables y, en la mayoría, a mutaciones celulares de novo cuya causa se desconoce”. Por eso insiste en que “la mejor herramienta es garantizar controles pediátricos regulares que permitan un diagnóstico oportuno”.
La jefa de Hemato‑Oncología Pediátrica del Hospital Alemán, Angie Fernández Barbieri, define al cáncer infantil como una enfermedad “abrupta”. Explica que “aparece en forma rápida y no está vinculada a hábitos ni al ambiente”. Ante signos como fiebre prolongada, moretones inexplicables, dolores óseos, cefaleas intensas o aumento del tamaño abdominal, insiste en que la consulta precoz con el pediatra “es determinante”.
Tumores distintos, biología distinta: de qué se enferman los chicos
Lejos de los carcinomas típicos de la edad adulta, en pediatría predominan tumores de origen embrionario y no epitelial. “Son células inmaduras o en formación, con alta tasa de replicación”, explica Urbieta. Las formas más frecuentes incluyen la leucemia linfoblástica aguda (alrededor del 40% de los diagnósticos), los tumores del sistema nervioso central (20%) y los linfomas (15%); entre los tumores sólidos se destacan el neuroblastoma, el tumor de Wilms y los sarcomas óseos y de partes blandas.
Esa biología explica tanto la agresividad como la respuesta al tratamiento. García Lombardi advierte que los tumores pediátricos “crecen muy rápido” y que esa velocidad puede llevar a que se detecten en estadios avanzados. Pero esa misma característica les da un punto débil: “La ventaja de su rápido crecimiento es que son más sensibles a tratamientos habituales como la quimioterapia, que debe ser administrada rápidamente al hacer el diagnóstico”, subraya.
La quimioterapia, que actúa sobre células en división, resulta especialmente eficaz frente a tumores con alta tasa de replicación. Fernández Barbieri resume la paradoja: “Buscamos no solo la curación, sino también reducir secuelas a largo plazo y asegurar el desarrollo adecuado”. En ciertos tumores, como los renales o algunos linfomas, las tasas de curación pueden acercarse al 90%, mientras que en leucemias linfoblásticas agudas la supervivencia a cinco años supera el 70% gracias a protocolos refinados durante décadas.
Del diagnóstico precoz a los equipos especializados: lo que define la sobrevida
En la Argentina, el Registro Oncopediátrico Hospitalario Argentino (ROHA) estima una incidencia cercana a 129‑135 casos por millón de menores de 15 años y alrededor de 1.300‑1.400 diagnósticos anuales. Es una enfermedad poco frecuente en términos poblacionales, pero se trata de la primera causa de muerte por enfermedad en el grupo de 5 a 15 años, solo por detrás de los accidentes.
La curva de supervivencia, sin embargo, no depende solo de la biología del tumor. “En países de altos ingresos las tasas de curación superan ampliamente el 70%, mientras que en regiones con menos recursos pueden descender por debajo del 40%”, advierte Urbieta. La OMS cuantifica esa brecha: la supervivencia puede ser de 80‑85% en países de altos ingresos frente a “20% en países de ingresos bajos y medianos”, motivo por el cual lanzó en 2018 la Iniciativa Mundial contra el Cáncer Infantil, con la meta de lograr al menos 60% de supervivencia global para 2030.
En Argentina, más del 70‑80% de los niños con cáncer se atiende en hospitales públicos especializados, y cerca del 40% lo hace en el Hospital Garrahan, según datos del propio centro. Allí, el jefe de Hemato‑Oncología, Pedro Zubizarreta, sintetiza la ecuación: “El porcentaje de sobrevida es alto siempre y cuando se realice un diagnóstico oportuno, es decir, precoz, preciso y que se administre un tratamiento en tiempo y forma”.
Urbieta insiste en que los pacientes pediátricos no pueden tratarse en cualquier institución: “Los niños no son adultos pequeños”, señala. “Incluso para una misma patología, como ciertas leucemias, los resultados pueden ser mejores cuando el tratamiento se realiza bajo protocolos pediátricos”. El abordaje requiere centros con experiencia, equipos interdisciplinarios y redes de derivación que permitan que un niño atendido en el interior llegue a tiempo a un hospital de referencia.
Curar pensando en las próximas décadas: secuelas, seguimiento y calidad de vida
Si en la oncología del adulto muchas veces el objetivo es prolongar la supervivencia, en pediatría el horizonte es otro: se trata de niños y adolescentes con décadas por delante. “Hoy el concepto es curar con el menor costo posible”, resume Fernández Barbieri. Esto implica ajustar dosis, limitar la radioterapia cuando es viable, incorporar técnicas más precisas y diseñar planes de seguimiento que vayan más allá del alta oncológica.
Urbieta recuerda que dos de cada tres pacientes pueden presentar algún tipo de secuela a largo plazo, “desde alteraciones cardíacas o endocrinas hasta consecuencias de cirugías complejas”. Por eso enfatiza la importancia de “un seguimiento prolongado y de una transición adecuada hacia la atención en la adultez”. La OMS y la OPS advierten que, a medida que aumenta la supervivencia, el peso de las late effects –secuelas cardiológicas, endocrinas, cognitivas, reproductivas– se vuelve un problema central de salud pública.
Fernández Barbieri destaca que “el acompañamiento psicológico y social, la adaptación escolar y el apoyo espiritual contribuyen al bienestar del paciente más allá del tratamiento médico”. La oncología pediátrica moderna no se define solo por la quimioterapia o la cirugía, sino por equipos interdisciplinarios que integran oncólogos, cirujanos, radioterapeutas, enfermería especializada, psicólogos, trabajadores sociales y docentes hospitalarios, con el objetivo de que ese niño que hoy atraviesa un tratamiento intensivo pueda mañana ir a la escuela, elegir una profesión y proyectar su vida adulta.
En un escenario global donde la OMS se ha propuesto elevar la supervivencia infantil al 60% para 2030 y donde Argentina muestra que es posible alcanzar entre 70% y 90% de curaciones cuando hay diagnóstico precoz y atención especializada, el cáncer infantil se consolida como un indicador crítico de desempeño para los sistemas de salud y como un vector de oportunidad para la industria farmacéutica y biotecnológica que invierte en terapias más eficaces y menos tóxicas destinadas a una población pequeña en número, pero central en términos de futuro.



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