Café y té con cafeína: Harvard reabre el debate sobre cómo cuidar el cerebro del envejecimiento

Un análisis de 132.000 adultos en EE.UU., seguido durante casi 40 años y publicado en JAMA, encontró que quienes más consumían café o té con cafeína tuvieron hasta 18% menos riesgo de demencia y menos quejas de memoria, aunque los autores aclaran que el efecto es modesto y no prueba causalidad.

El vínculo entre lo que pasa en la taza del desayuno y lo que ocurre décadas después en el cerebro acaba de sumar una pieza importante de evidencia. Un trabajo liderado por investigadores de Harvard, financiado por los National Institutes of Health (NIH) y publicado en JAMA, analizó los hábitos de consumo de café y té de 132.000 adultos estadounidenses a lo largo de casi cuatro décadas. Su conclusión central: quienes bebían más café o té con cafeína mostraron un menor riesgo de demencia y mejores parámetros de función cognitiva, aunque el efecto fue discreto y no permite afirmar que la cafeína sea, por sí sola, la responsable.

El estudio llega en un contexto de envejecimiento acelerado y aumento global de los casos de demencia, y abre la puerta a una pregunta de alto impacto para sistemas de salud, industria farmacéutica y empresas de nutracéuticos: ¿pueden bebidas tan extendidas y asequibles como el café y el té convertirse en parte de las estrategias de prevención cognitiva, junto a pilares ya consolidados como el ejercicio, la dieta saludable y el sueño adecuado?


Qué mostró el trabajo: menos demencia y menos quejas de memoria en grandes consumidores de cafeína

El análisis se basó en cuestionarios periódicos de 132.000 adultos en EE.UU., en los que se registraron la ingesta de café y té con y sin cafeína, junto con otros factores de estilo de vida. Tras hasta 43 años de seguimiento y más de 11.000 casos de demencia incidentes, los autores observaron que el grupo con mayor consumo de café con cafeína presentaba un 18% menos de riesgo de desarrollar demencia que quienes casi no lo tomaban. En términos estadísticos, el estudio reporta un hazard ratio de 0,82 (IC 95%: 0,76–0,89) al comparar el cuartil más alto frente al más bajo de consumo.

Además, entre quienes bebían más café con cafeína, la prevalencia de deterioro cognitivo subjetivo —problemas de memoria o pensamiento percibidos por los propios participantes— fue menor: 7,8% frente a 9,5% en el grupo de menor consumo (razón de prevalencia 0,85; IC 95%: 0,78–0,93). Resultados similares se observaron para el té con cafeína, mientras que no se encontraron beneficios con las versiones descafeinadas, lo que apunta a un posible papel específico de la cafeína y otros compuestos bioactivos presentes en estas infusiones.


“Una pieza del rompecabezas”, según Harvard: efecto pequeño y un estudio observacional

Pese a los titulares alentadores, el equipo de Harvard fue explícito al poner los resultados en contexto. El autor principal, el doctor Daniel Wang, de Harvard Medical School, señaló que “la magnitud del efecto de la cafeína, si es que existe, fue pequeña, y hay otras formas mejor documentadas de proteger la función cognitiva a medida que las personas envejecen”. Recordó que factores como ejercicio físico regular, alimentación saludable y sueño adecuado cuentan con una base de evidencia más robusta para la prevención de la demencia.

Wang enfatizó también la naturaleza observacional del trabajo: se trata de un estudio que asocia hábitos de consumo y riesgo de demencia, pero que no puede demostrar causalidad. “Nuestro estudio sugiere que el consumo de café o té con cafeína puede ser una pieza de ese rompecabezas”, añadió, remarcando que no se trata de una licencia para reemplazar conductas saludables por más tazas de café, sino de un posible complemento dentro de un paquete más amplio de prevención.


Cuánta cafeína y en qué formato: el rango donde se vieron más beneficios

Uno de los hallazgos prácticos del estudio es que la asociación más favorable no se dio en los extremos, sino en niveles moderados de consumo. La dosis–respuesta mostró una relación no lineal: las diferencias más pronunciadas se observaron en quienes tomaban aproximadamente 2 a 3 tazas de café con cafeína al día o 1 a 2 tazas de té con cafeína al día, cantidades que se parecen bastante a los hábitos cotidianos de muchos países, incluida América Latina.

Por encima de esos niveles, los beneficios parecieron atenuarse, lo que concuerda con otros trabajos que describen curvas en “U” para el vínculo entre cafeína y riesgo de demencia, especialmente en personas hipertensas. Un estudio prospectivo reciente mostró que, en individuos con hipertensión, la ingesta moderada de cafeína se asociaba con un menor riesgo de demencia total y vascular, mientras que consumos muy altos podrían acompañarse de más ansiedad, insomnio y otros factores que, a su vez, elevan el riesgo de deterioro cognitivo.


Mecanismos posibles: cafeína, polifenoles y un efecto que parece independiente del riesgo genético

Más allá de las cifras, el trabajo se suma a una línea de investigación que intenta desentrañar cómo podrían actuar el café y el té sobre el cerebro. Los autores plantean que compuestos bioactivos presentes en estas bebidas —entre ellos la cafeína y diversos polifenoles— pueden ayudar a reducir la inflamación y el daño neuronal, contribuyendo a retardar el deterioro cognitivo. Evidencias previas indican que la cafeína tiene propiedades antioxidantes, antiinflamatorias y antiapoptóticas, y que en modelos animales puede mejorar la función mitocondrial y el flujo sanguíneo cerebral, mientras que los polifenoles se han vinculado con menor neuroinflamación y mejor plasticidad sináptica.

La coautora Yu Zhang, de la Harvard T.H. Chan School of Public Health, añadió un dato clave para el debate sobre medicina personalizada: “También comparamos personas con diferentes predisposiciones genéticas a desarrollar demencia y vimos los mismos resultados —lo que significa que el café o la cafeína probablemente sean igualmente beneficiosos para personas con riesgo genético alto y bajo de desarrollar demencia”. Es decir, el posible efecto protector se observó tanto en quienes tenían mayor carga genética como en aquellos con menor riesgo, aunque siempre dentro de un impacto global modesto.

Los investigadores insistieron en que se necesitan más estudios, incluidos ensayos clínicos, para validar estos hallazgos, comprender mejor los mecanismos implicados y definir si determinadas subpoblaciones (por ejemplo, personas con hipertensión, diabetes o trastornos del sueño) se benefician o no del consumo de bebidas cafeinadas en términos de salud cerebral.


De la cafetera al mercado: cómo estos datos pueden influir en nutracéuticos, fármacos y políticas de prevención

En un mundo donde el número de personas con demencia podría triplicarse para 2050 y donde los sistemas de salud se enfrentan a los elevados costos de cuidados de larga duración, cualquier estrategia de prevención accesible y de bajo costo resulta estratégica. Este estudio no convierte al café o al té en medicamentos, pero refuerza la idea de que ciertos patrones de consumo podrían integrarse en programas de salud pública centrados en el cerebro, siempre que se acompañen de actividad física, dieta equilibrada y control de factores de riesgo vascular.

Para la industria nutracéutica y farmacéutica, los resultados ofrecen una base más sólida para explorar extractos estandarizados de cafeína y polifenoles, diseños de suplementos orientados a la salud cognitiva y, eventualmente, moléculas inspiradas en estos compuestos que puedan desarrollarse como fármacos neuroprotectores. Para los sistemas de salud, en tanto, aportan argumentos para incorporar recomendaciones matizadas sobre el consumo moderado de café y té con cafeína en guías de prevención de demencia, siempre bajo supervisión médica en personas con patologías cardiovasculares o trastornos del sueño.

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